Palabras: armas de construcción o destrucción activa

Posted by on Mar 5, 2013 in Uncategorized | 0 comments

Palabras: armas de construcción o destrucción activa
No se me ocurre mejor forma de hablar de la importancia de las palabras que contando una historia: un día un profesor tenía como objetivo que sus alumnos fuesen conscientes del poder del lenguaje y de lo mucho que afecta a nuestra forma de pensar y de actuar. Para ello podría haber contado miles de ejemplos en los que una vez tras otra una palabra dicha a tiempo o a destiempo cambiase el curso de una situación o el pensamiento sobre algo. Pero pensó que quizás fuese más efectivo que fuesen las propias palabras las que hiciesen de maestras para que los alumnos nunca olvidasen el inmenso poder que tienen.

Para ello se armó de ingenio y de una simple caja de galletas cubierta por una bolsa que ofreció a unos y otros, y que muchos aceptaron encantados, mientras trataba de convencerlos de que las palabras son el arma más poderosa jamás diseñada por el hombre, porque es la única que sin ayuda de nada más es capaz de provocar mariposas en el estómago o todo lo contrario… Los alumnos trataban de digerir la explicación de su profesor al tiempo que masticaban las galletas cuando de repente el profesor para que todos fuesen conscientes de lo mucho que nos afecta llamar a las cosas de una forma o de otra, dejó de hablar, sacó el paquete de galletas de la bolsa y permitió que todos ellos vieran claramente lo que ponía en él: Galletas para perros. Sólo tres palabras hicieron reír a unos, vomitar a otros y, sin duda, convencieron a todos del impacto que pueden producir las palabras en nuestra forma de pensar.  (desconozco la autoría y veracidad de esta historia, a mi me la contaron hace tiempo y me encanta contarla cada vez que alguien menosprecia a las palabras).

Nombrar lo mismo con palabras diferentes consigue sugerir en nuestra mente cosas totalmente distintas. Por ejemplo, podemos usar los términos “multinacional petrolífera” o “empresa energética” para nombrar la misma realidad pero sugiriendo significados totalmente diferentes que persiguen una intención bien distinta: ante una encuesta la gente probablemente se muestre mucho más receptiva a una “empresa energética” que a una “explotación pretolífera” ya que la primera sugiere progreso y la segunda contaminación. En economía pasa algo parecido… que tu banquero haga ingeniería financiera, “mola”, que defraude o engañe, no. La misma acción descrita de una forma u otra pasa de transmitirnos tranquilidad (“Qué listo es mi banquero”) a miedo (“pues sí que es listo mi banquero, me roba”)

y es que es imposible decir sin sugerir, por eso debemos ser tan cuidadosos hablando de la historia. Para comprobarlo podemos hacer un poco de “historia ficción”: ¿Qué pensarían los americanos si de repente en España empezásemos a llamar a América “Nueva España”? ¿Lo aceptarían sin reservas o pensarían que es una manipulación interesada e inexacta de los acontecimientos? Entonces, ¿Qué debemos pensar nosotros cuando la Corona de Aragón (constituída en el siglo XII) empieza a nombrarse “Corona catalano-aragonesa” a partir del siglo XIX?

Que Woody Allen diga en una de sus películas que ha dado “un narizazo a una rodilla” tiene gracia, que en la web de la Generalitat Catalana diga que “Cataluña la vieja obtuvo por vía matrimonial el Reino de Aragón”, no, porque la intención de Woody es muy clara: divertir, pero la de la Generalitat…

Y es que así como los alumnos cambiaron su opinión respecto a las galletas al nombrarlas de otra forma, es inevitable que “renombrar” la historia afecte a nuestra forma de pensar.

Pero el lenguaje además de para separar, puede servir para unir. Hay un ejemplo de “para unir” que me encanta: Luke Bucklin era un empresario americano que estaba convencido de que el título de los puestos de trabajo deberían “empoderarnos” no limitarnos, así que decidió nombrar a todos sus empleados co-presidentes. A pesar de que murió en un accidente antes de poder ver llevada a cabo esta acción sus socios conmemoraron su memoria llevando a cabo su deseo: un deseo de que la gente tomase parte en la empresa, de que se implicase, de que fuese más que el cargo que ponía en sus tarjetas de visita… La preciosa historia se puede leer aquí.

Y es que nombrar las cosas de una forma o de otra crea impactos muy diferentes… El poder de las palabras es ilimitado, por lo que a la hora de comunicarnos y de transmitir debemos elegirlas como si nos fuésemos a casar con ellas… no sea que nos pase como al protagonista del caso Slevin, que después de que le hayan dado una paliza su compañero le dice:  “Estoy seguro de que esa boca se ha ganado es nariz.” Así que si no queremos que le pase nada a nuestra nariz, cuidemos lo que sale de nuestra boca…

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